Un lobo salvaje ha visitado esta noche la pequeña aldea montañosa de Lhalung, en el Valle de Spiti. Sus garras y afilados dientes han devorado el costado de uno de los dos burros que posee la humilde familia india que nos hospeda en su choza de barro. Lobzang, padre de familia numerosa, hace lo posible por mantener en vida al pobre animal que rebuzna de dolor. Su pérdida podría suponer un gran choque en los escasos ingresos con los que subsisten en un lugar donde la posesión de tierras y animales es crucial. Mientras tanto, Dolma, una joven mujer de mirada dulce y cariñosa, tez tan fina como la porcelana y tronco esbelto escondido bajo un punjabi de tela roja hasta las rodillas y pantalón bombacho amarillento, prepara una sopa de tallarines para sus dos mellizos de 4 y la más pequeña y caprichosa, Ringzinpalmo, de 2 añitos que se han subido al bordillo del lavadero situado en una esquina de la cocina-comedor-salón, para lavarse las manos aprovechando, literalmente, hasta la última gota de agua.
Un buen día, sentado junto a sus compatriotas con los que se había aficionado a beber y a jugar a las cartas, recibe una llamada. Es su hermana menor, casada con un funcionario al que dio dos hijos junto los que forma una de esas familias que permanecen días enteros removiendo piedras, arena y bloques de cemento sobre el asfalto, tarea necesaria por los habituales desprendimientos, baches o roturas interminables que recubren la práctica totalidad de las carreteras indias.
-Hermano, pide permiso para volver a la aldea lo antes posible. Vas a casarte con Dolma. Tres meses después, en el verano de 2002, Dolma y Lobzang, enlazaban sus corazones desconocidos para toda la vida.
Gracias a la pequeña posesión de tierra que la mujer había heredado fueron llenando poco a poco una hucha de ilusión. Pero excluyendo los ochenta días de permiso que Lobzang fracciona para visitar a los suyos, Dolma es el único elemento de la familia que trabaja desde la salida hasta la caída del sol en la pequeña plantación de trigo y otras legumbres de su posesión, siempre acompañada de sus tres trastos que al cumplir los seis o siete años comenzarán a labrar la tierra junto a su madre. No van a la escuela más que uno o dos días por semana y no siempre tienen la suerte de contar con la presencia del maestro que suele frecuentar el aula aún menos. Ninguna queja es recibida por los padres, más preocupados por mantener viva la tierra que les llena el plato de comida cada día que por la enseñanza de manos útiles y necesarias. Así ninguna educación es posible!
Sentados en el pequeño porche del hogar cubierto por un mar de estrellas alucinante, saboreando un wishky a palo seco, que me he visto obligada a mezclar con agua y aun así bebo a duras penas por su horrible sabor a madera y su fuerte contenido en alcohol, Lobzang se sincera:
Una garrafa de agua, un termo de té caliente, algunas tortas de chapati, dal, una pasta dulce amarillenta muy energética y algunos frutos secos. Cubiertas por la sombra de un matorral, Dolma y su hermana, exhaustas de trabajar la tierra preparan bocados iguales para las cinco bocas de colibrí que aún corretean entre montones de paja, respirando el aire puro de los Himalayas, que destellan una luz anaranjada entre el azul celeste del cielo. Un paisaje de ensueño que se refleja en los ojos cristalinos brillantes de felicidad de los niños. Un doble plato será servido a Lobzang por ser el elemento más fuerte y con mayor rendimiento.
La aldea duerme hasta las seis de la tarde cuando las familias vuelven a sus casas y recogen de vuelta a sus rebaños. Un día cualquiera en un remoto lugar de la India donde abundan los más pequeños, fruto de casamientos no siempre muy agraciados, en vistas a una perpetuación en el trabajo de la tierra.